Mi abuela Ede
dijo
que me iba a tejer una manta
sé
por comentarios,
que lo hace muy rápido.
Nunca la vi tejiendo.
Estamos muy lejos
nos separan mil ochocientos cuarenta y un
kilómetros por la ruta 33.
Puedo imaginarla
sentada en su silla mecedora
en el patio, justo
en el medio de la casa.
Ese patio que separa
las habitaciones construidas con las manos de mi abuelo
de las otras más nuevas.
En ese descanso
a mitad de camino
está ella
meciéndose y tejiendo
con sus manos chiquitas, arrugadas
levantando la vista
mirando a su interlocutor
mientras cuenta los puntos,
diciendo con esa voz aguda y profunda
_ ¡esta manta es pa’ m’hijita!
En mi imaginación
recorro su rostro marcado por el tiempo
sus arrugas me guían
y su cabello blanco entrelazado
cae sobre el costado izquierdo
de su cuello.

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